QUIÉN fuera ángel, para llegar a tí limpio, Jesús mío de las inmundicias del barro de mi cuerpo! pero, ah, mi divino Rey Sacramentado, si fuera ángel no te comiera. Es verdad que mi carne está corrompida, pero, dichoso de mí, que para purificarme puedo comer tu cuerpo y beber tu sangre. ¡Oh locura de amor de mi divino Esposo encarnado y Sacramentado por mí! Yo soy un miserable, bien lo sé, pero tú, Jesús de mi alma, eres todo misericordia, y haciéndote semilla de vida, te me das en comida ¡oh pan vivo que has bajado del cielo! Para darme la vida eterna. ¡Oh Madre Inmaculada! Purifica mi alma, sana mi cuerpo, lava más y más mis iniquidades. ¡El es tan limpio! ¡El es tan resplandeciente! ¿Cómo te encerraré yo, Señor, en las tinieblas de mis pecados? Cómo guardar tu grandeza en la ruindad de mi pequeñez? Señor mío, y Dios mio, por el amor que tuviste a la que formaste para que fuese tu digna Madre, da a mi alma una migaja siquiera de las que sobraron en el seno de María, tan ricamente ataviado, como para que en él se desposaran en Verbo divino y la naturaleza humana. ¡Oh Madre del amor hermoso y de la santa esperanza! ¡Quién mejor que tú me alcanzara! La gracia de la perfección que me falta y del fervor que ahora mismo quisiera sentir, para que hiciera en mi alma el efecto que el fuego del crisol en el oro, purificándola, aunque me costara la vida dejar la herrumbre de mis pecados en la lumbre de tu amor? ¡Ah, Jesús de mi vida, si yo sintiera el dolor de San Pedro después de haberte negado; si yo tuviera lágrimas como la Magdalena para regar en este instante tus sacrosantos pies; si yo, como San Pablo, el perseguidor de tu Iglesia, sintiera ahora mismo ansias verdaderas de morir para gozar de tu presencia, qué feliz sería; pues al recibirte en mi pecho sintiera la felicidad de estar muerto a todas las criaturas y vivir sólo para Tí!
Reina Inmaculada de mi alma, tú sabes, tú puedes, tú quieres guiarme; llévame en tus brazos a recibir el fruto bendito de tus entrañas purísimas; haz, Madre mía, que mi alma se fortalezca y así mi voluntad, ahora y siempre, sea hacer lo que mi hermano Jesús me mande en este mundo para quedar así ligado a su querer eternamente y no apartarme jamás de El.
Así sea.